La nueva casa de Olivia

Me he cambiado a www.oliviaconsombrero.blogspot.com si caen les invito a un cafecito.

 

Un poemita para el viaje

Copio uno de mis poemas favoritos, Ítaca, de Constantino Kavafis. Me encanta cómo describe al final el viaje, el viaje del que hay que disfrutar, el viaje que es la esencia de la Ítaca hacia la que todos, de un modo u otro, desde un lugar o desde otro, vamos.

 

ÍTACA
Cuando salgas en el viaje, hacia Ítaca
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.
A  Lestrigones y a  Cíclopes,
al fiero Poseidón no temas,
tales cosas en tu ruta nunca hallarás,
si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.
A Lestrigones y a  Cíclopes,
y al fiero Poseidón no encontrarás,
si dentro de tu alma no los llevas,
si tu alma no los yergue delante de ti.
Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios.
Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Ítaca.
Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan.

Bítácora 2007-06-05

 

Ahora solo voy a contar cómo me está yendo en este tiempo. Pues, como dije, es tiempo de limpiar mi cuerpo y voy en buen camino, además no he salido en unas tres semanas de farra y me siento bastante bien. Es chistoso cómo, a veces, lo único que hace falta es estar sola y en silencio para poder escuchar todas esas voces internas que no te dejas oír cuando estás en el tráfago cotidiano.

 

Creo que al fin estoy aprendiendo a entender las cosas como vienen, sin amargura y sin rencores y me siento muy contenta por eso. Y además también estoy un poco empezando a ordenar mis prioridades y eso también es bueno. Creo que he descuidado algunos proyectos profesionales que estaban pendientes por eso de andar llorando por los rincones y no tiene mucho sentido si al final lo que logre en mi profesión va a ser lo que tenga en la vida, al fin y al cabo estoy en edad de eso, de ir logrando mis metas. Y, bueno, la verdad es que soy un poco adicta a trabajar, siempre me gusta estar ocupada y es hora de seguir con la adicción.

 

Y eso, de lo otro, de los espejismos, de los amigos que se alejan, de la cosas que no tengo, prefiero preocuparme en otro tramo del viaje, ya les he dado muchas vueltas. Quizá lo mejor para resolver estos dilemas es dejarlos leudándose, como masa de empanadas, y probablemente luego me dé cuenta de que no hay drama ni tragedia.

 

Por ahora, a seguir disfrutando del viaje, que hay mucho que ver y mucho, muchísimo que hacer.

Tiempo de...

 

Estos últimos días no he salido a ninguna parte, he pasado solo de la casa al trabajo y ya. No he tenido ganas de salir, de ver a nadie, de hablar con nadie. Sigo aún un poco triste por el oasis-espejismo o también porque siento que voy perdiendo, sin razón aparente, a algunos de mis amigos. Hay la típica frase, la tipicaza frase, que dice que cuando amas algo debes dejarlo ir y si regresa es porque siempre fue tuyo. A mí me cuesta mucho dejar ir a las personas que quiero, me cuesta mucho soltar, aunque esté embarcada en un viaje y tenga la plena conciencia de que si voy ligera de equipaje es mejor.

 

Hoy, cuando subía a mi casa, en el ascensor, me empecé a preguntar cuál es mi tiempo ahora. En el tiempo de hacer qué estoy. Y, bueno, este guardarme en la casa se ha convertido, primero, en un tiempo de llorar, de hacer catarsis y sacar de adentro todo todo lo que tenía.

 

También es tiempo de limpiar la casa, no me refiero a la sala, el cuarto, el baño, la cocina, no, me refiero a limpiarme a mí misma, a limpiar mi cuerpo dejando de beber, de aspirar tanto humo de cigarrillo, dándole las horas de sueño que necesitaba, en fin. Y también limpiar mi alma.

 

Es un tiempo de pensar, de reflexionar acerca de mi vida, acerca de las cosas que hacen que la gente se vaya, y también tiempo de entender que hay cosas que no están en mis manos, que yo no puedo manejarlo todo, que no puedo hacer que todo el mundo me quiera, que tampoco puedo querer a todo el mundo. En fin, es tiempo de pensar.

 

Y también es tiempo de soltar, aunque cueste, aunque la sensación de soledad sea inmensa y duela, aunque haya vacío, pero es peor quedarse con las cosas que no se sabe al final si son de una.

 

Es tiempo de perdonar y de perdonarme. En fin, hay muchas tareas y es tiempo de muchas cosas, pero sobre todo es tiempo de crecer y de seguir construyendo y descubriendo a la mujer que hay en mí, con cualidades y defectos, con manías y paranoias, con ternura y desigualdades, esta que soy...

 

Y eso, me veo viajando sola en el asiento, mirando pasar el paisaje, durmiendo a veces, leyendo un poco, oyendo música, no pensando en nada, pero conmigo, solo conmigo, que de vez en cuando hace falta y es muy sano estar sola. Y, bueno, lo que debe volver volverá, lo que no vuelva llegará a alguna parte, al lugar a donde pertenece.

El día en que rompí la tarjeta de crédito

 

Sí. Al fin lo hice. Rompí mi tarjeta de crédito, bueno, no la rompí, la corté en cuatro pedacitos y de esa manera dije adiós al consumo indiscriminado del que me estaba volviendo víctima. Casi la mitad de mi sueldo se estaba (se está) yendo en pagar la dichosa tarjetita.

 

Ahora me siento tranquila, liberada, siento que he tomado una de las decisiones más maduras y prudentes de mi vida, que ahorá sí voy camino al manejo sensato de mi economía. Claro que hasta que termine de pagar la tarjeta tendré que vivir en economía de guerra. Se acabaron las compras de ropa cada vez que me sentía deprimida, los lujitos del súper que nunca me como, los vinos (mmm, también hay que perder cosas buenas), en fin, la facilidad de solo firmar y ya y el placer que da salir del centro comercial con bolsas llenas de cosas lindas. Bueno, pordré vivir sin eso, al menos mientras las cosas se arreglan y me organizo mejor.

 

Es chistoso como una tarjeta de crédito te 'facilita' la vida y hace que pienses que puedes tener cosas que normalmente, con tu sueldo del mes, no tendrías. Ahora están tan de moda las cuotitas que hacen imaginar que teniendo más puedes ser más feliz. Bueno, también he hecho cosas buenas como comprarme mis lindos muebles rojos o algunas cosas realmente necesarias, como la compu.

 

En fin, la cosa es que lo hice, al fin lo hice...

La manos que me sostienen

 

Para variar, he estado pensando últimamente en escribir algo sobre los amigos. Sí, ya he escrito mucho de hombres que van y vienen y de relaciones tristes. Ahora quiero hablar de esas personas que están ahí y que de una u otra manera no dejan que me caiga y hacen mi viaje más llevadero y agradable.

 

Dios me ha bendecido con mucha gente maravillosa y lo mejor de todo es que han sido muchos más los amigos que he ganado en este viaje que los que he perdido. Bueno, a veces no es que los haya perdido sino que de vez en cuando es bueno alejarse para oxigenar la amistad, porque la amistad verdadera es la que está ahí, latente.

 

Creo que les debía algo en este blog. Hay tantos amigos de los que quisiera hablar. Hoy cuando abrí el blog vi el comentario de alguien que no dejó su nombre, pero sí dejaba un abrazo y la certeza de que soy comprendida en alguna parte. Seguramente es una de esas mujeres maravillosas que como yo están haciendo el viaje, un viaje que cuesta a veces, porque ser mujer no es fácil y menos ser una mujer independiente, que no tiene nada que deberle a nadie. Tengo el honor de contar entre mis amigas con muchas mujeres maravillosas, luchadoras, tesoneras, que como yo se deprimen cuando algo no ha salido bien, pero que se levantan enseguida, porque la vida sigue y hay una prisa y una gran curiosidad por ver qué te traerá.

 

Son esas mujeres increíbles que aunque no veas tan a menudo están ahí para darte un consejo, para escuchar tus penas, para alegrarse con tus triunfos, con toda la generosidad y toda la apertura como si fueran ellas las que lo están viviendo. Nos unen muchas cosas, con mis mejores amigas me unen años de conocernos, años de años, prácticamente toda la vida, nos hemos visto crecer, nos hemos alegrado cuando han pasado cosas buenas, hemos estado ahí abrazando o llorando cuando ha sido necesario. Es muy difícil decir todo lo que significan para mí, todo lo que importante que ha sido saberlas ahí a lo largo de todo este viaje y sé que la amistad que nos une es a prueba de todo, absolutamente de todo.

 

Están esas amigas que he conocido en varios sitios, en los trabajos, en grupos, por otros amigos, y que se han quedado ahí, y que ahora son un gran apoyo y una gran fuente de experiencia y de sabiduría y, por supuesto de solidaridad. A todas ellas soy capaz de soportarles casi todo.

 

Y están también los amigos. Esos hombres, maravillosos también, que siempre le aportan a mi vida una visión distinta, que me dicen las cosas con sinceridad abrumante y que a ratos me da ganas de golpear, pero sé que los quiero, porque igual estarían allí para defenderme de cualquier cosa, como yo a ellos, y estarían alli para darme un abrazo o mandarme a la mierda cuando lo necesito. Y eso es lo que aprecio y admiro.

 

En fin, ahí están mis amigos, por cada una de cuyas vidas agradezco a Dios todos los días, porque gracias a ellos soy mucho de lo que soy, porque gracias a ellos soy mucho más humana y más fuerte y más sabia, y porque sé que mi vida también tiene sentido si puedo retribuir al menos con un poquito todo lo que me dan.

 

Y, bueno...

 

He estado pensando sobre lo que escribí anateayer y siento que fui bastante morelia. No lo voy a borrar, por supuesto, siempre es bueno registrar los estados de ánimo y las pérdidas totales o parciales de glamour, para recordar que a veces también se puede caer.

 

Tampoco puedo decir que exageré al contar cuánto me dolió el asunto, fue un golpe bajo, todavía me da mucha penita recordar esa madrugada del sábado: yo llorando mi desconsuelo y este hombre sin saber quá hacer, diciéndome que no está preparado y que las cosas no siempre van a ser como yo las quiera, en el momento que yo quiera y que crecer cuesta y etc., etc., etc. Y yo llamando a un taxi para no escuchar, para no ver, para no sentir... Fue un poco patético, pero tenía que ser.

 

En fin, luego de este breve resumen de la noche de mierda que quiero olvidar, y un poco más tranquila y con una visión un poco más alejada, estoy segura de que lo superaré. Al fin y al cabo es solo un hombre, especial sí, pero solo un hombre, y quizá no estuvimos sintonizados (por segunda vez) y al menos fue sincero al dejar pasar a esta mujer maravillosa.

 

Eso. creo

Los oasis son siempre espejismos (una historia sin glamour)

Pedro Guerra tenía razón. Y esta vez no podía ser de otra manera. Me dormí en un oasis y desperté en el desierto totalmente enterrada en la arena. Yo quería un novio, sentirme en casa, y pensé (por segunda vez con él) que al fin podía descansar y quedarme. Él solo necesitaba un clavo y por segunda vez apeló a mi vocación de clavo. Al fin yo tenía más o menos claro lo que quería. Él no. Por algo desde que lo conocí le falta la misma firma para divorciarse.

 

En fin, pensé haber encontrado mi oasis. Pero en el desierto no hay oasis y la soledad y la monotonía y la arena metiéndose en cada uno de tus poros duelen. En mucho tiempo no me había sentido tan mal como ayer, fue una de esas noches de mierda en que tu vida parece vista a través de un velo, distorsionada, absurda, y acabas llorando a gritos, con demencia, porque las cosas por enésima vez no son como tú esperas.

 

Y no pensé que este dolor me iba a doler tanto. No sé si lo que ha dolido es este dolor, este preciso dolor, o el dolor acumulado de tantas patadas que yo misma, en mi testarudez, me he buscado.

 

Debo hacerle caso al instinto, debo entender por fin que es mejor, mucho mejor, hacer sola el viaje, que si bien el dolor te hace crecer también te detiene y te sumerge en la abulia y en las falsas esperanzas. 

 

Y no sé qué más decir... Que se me pide crecer, pero no se aprecia cuánto lo he hecho. Que se me pide esperar y nadie es capaz de ahorrarme un segundo de la espera. Que se me pide no llorar, pero no hay el abrazo ni la sonrisa.

 

En realidad esto no es la muerte, mientras hago mi viaje encontraré de seguro muchos oasis, solo que ahora espero tener la sabiduría de no detenerme y seguir caminando. Dejo junto con el oasis todas las maletas que intento llevar y no me sirven, todos los recuerdos que me duelen, todas las equivocaciones y los fracasos, no tiene sentido cargar con tantas cosas, no me aportan.

 

Mañana seguiré el viaje, ahora solo necesito dormir... aunque la arena me cubra la mitad del cuerpo.

Cuando lo normal me parece extraño

Antes ya hablé del miedo, de ese que hace que cada vez que me encuentro con un oasis quiera huir. Creo que encontré un oasis y creo que no me quiero ir, por el momento.

 

En una canción, Pedro Guerra dice que los oasis son siempre espejismos, ¿será?

Bueno, la cosa es que ha llegado a mi vida como un regalo, sigamos con Guerra, 'como harina, como pan, algo bueno que no pides y se da', yo no quiero rechazar el regalo sino aprovecharlo y sacarle el jugo y retribuir el detalle, por supuesto.

 

Pero lo chistoso es que todo me parece muy extraño. Me parece extraño que nada de lo que ha sucedido entre nosotros tenga al alcohol o a la farra o a la necesidad como cómplice, no esto se ha dado de manera absolutamente espontánea, como debería ser: salir, conversar, sincerarnos, conocernos y de pronto dar el paso, no como si estuviéramos siguiendo un plan preconcebido, sino porque sí, porque lo deseamos y lo queremos, nada más.

 

Me parece extraño haber encontrado a un hombre que no me cierra la puerta en la nariz después de acostarse conmigo, que no me ignora tres semanas después de sacar de mí lo que le interesa, que me hace sentir como si realmente detrás (y adelante y encima y debajo) hubiera algo más (¿una pareja?).

 

En fin, me parece extraño sentir que he encontrado un oasis y que quiero quedarme, tan extraño me parece que estoy perdiendo un poco de esa capacidad de reacción tan viciosa y huidiza que tengo.

 

Hasta ahora todos me han dicho que lo que debo hacer es relajarme y disfrutar solamente, es lo que pienso hacer, por supuesto, pero también quiero que esto, que debe ser normal en una vida sana, madura y equilibrada, sea algo que vaya guiando mi viaje, independientemente de si mi oasis permanece o es solo un espejismo.

 

Sí, hoy me voy a proponer hacer de mi vida un poco más normal, en todos los aspectos y no solo en este de las relaciones amorosas. Voy a hacer que las cosas buenas, que ahora me parecen tan fuera de lo común, sean el norte e intentaré superarlas.

Eso, siempre se aprende de la vida, siempre, debo dejar el miedo un poquito de lado, porque no está de más ser un poco más sabia de vez en cuando.

 

 

Encima del pueblo (Marc Chagall)

Mi mejor amigo, el celu

 

Es curioso, pero muchos de nosotros, me incluyo, no podemos entender cómo era la vida sin los celulares, esos aparatitos que nos permiten comunicarnos desde donde estemos y con quien queramos.

 

Pero últimamente me he dado cuenta de lo dependientes que nos hemos vuelto de ellos. Antes, en tiempos pretéritos casi inimaginables, teníamos que inventar mil maneras de hacer llevadera una espera. Mientras el impuntual con el que quedaste llegaba, tenías que estar ahí, parada en la esquina como boba, con cara de qué huevada me plantaron, y esperar y esperar o darte unas vueltitas por la cuadra mientras aquel venía (insensato el momento, eso sí, si al 'desconsiderado' se le ocurría dar las mismas vueltas en la misma dirección y, entonces, nunca encontrarse). Ahora es más sencillo: llegas a la esquina del encuentro y si la persona a la que esperas no está, pues haces la llamada de rigor para saber por dónde anda, si está por llegar te quedas esperando, eso sí, nada de cara de 'esperaré', sino que recurres a tu mejor amigo el celu y empiezas a mandar mensajes a quien sea, a revisar tus llamadas, a hacer cuentas en la calculadora, pero nada de mostrar la desesperación y la angustia de la espera.

 

Si vas sola al cine o al teatro y entraste a la sala antes de que se apaguen las luces y empiece la peli o la obra, pues ahora la mejor manera de distraerse es recurrir al celu y mandar mensajes ('qué haces, ¿ve?', 'estoy en el cine', o qué se yo) o jugar o solo hacerte la que llamas, en fin. Pero lo importante es que nadie notará que has ido sola. Cuando empiezan la peli o la obra es otra cosa, lo disfrutas en soledad y apagas el celu.

 

En fin, ahora los celulares son los mejores amigos, es un poco triste que nos ocultemos tras de ellos para disimular que estamos solos, para imaginarnos que hay montón de gente atenta de la misma manera a ellos (y a nosotros, por carambola).

 

Bueno, también hay momentos en que la mejor idea es prescindir de este mejor amigo, porque a veces nos hace unas y buenas. Como cuando mandamos el mensaje que nunca debimos haber escrito, para no recibir la respuesta que nunca debimos haber esperado. O cuando hacemos la llamada a la persona menos indicada, en el momento menos oportuno y en las condiciones menos recomendables. Es una maldición cuando damos el número y cada cinco segundos miramos el celular para ver si nos han llamado o cuando mandamos el mensaje y estamos atentos a la respuesta. O cuando dejamos de disfrutar de una buena compañía porque estamos pegados al celu. O, aún peor, cuando nos lo olvidamos en la casa y somos capaces de regresar de donde sea para recogerlo.

 

Realmente es terrible esta dependencia. Ofrezco disculpas por haber escrito en plural sobre todos los dramas celulares, pero estoy segura de que a todos, o a casi todos, nos ha martirizado o nos ha salvado la presencia del celular en nuestras vidas.

 

Ahora, haré un ejercicio: dejaré el celular en la casa y desapareceré todo el día, no esperaré llamadas ni mensajes y nadie sabrá de mí. Quizá vuelva a entender lo divertido que era saber que si salías a la calle cualquier cosa podía pasar y, lo más excitante, no podías escaparte.

Desde territorio comanche

 

 

Para un reportero en una guerra, territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. El suelo de las guerras está siempre cubierto de cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando. (Territorio Comanche, Arturo Pérez Reverte)

 

 

Despuès de leer la novela, que me gustò y mucho, me puse a pensar en todas las veces en que me he sentido en territorio comanche.

 

He asistido a varias guerras. A veces como reportera, de lejos. A veces he sido yo la del bando de los invasores. A veces he sido yo la invadida. A veces he sido el casco azul que está buscando las razones y las soluciones. A veces he salido totalmente ilesa, otras he ido directamente a la morgue y he sido el cadáver que otros tenían que reconocer. También he sido Sexsymbol, ese cadáaver tirado en la mitad de la vía que se parece a todos. También he salido muy herida, mutilada, para luego ganar medallas y lucirlas orgullosa o avergonzada.

 

En fin, he ido a muchas guerras, no puedo decir que soy una veterana, pero sé de guerras, de las que se libran entre copa y copa y te dejan al final parada bajo la lluvia sin saber adónde mismo ir. He librado guerras desde mi propio territorio, en las que siempre he quedado con el arma en la mano y blandiendo banderitas blancas.

 

Y he estado en territorio comanche... En ese lugar en que la única ganadora es la tensión. He sentido los cristales romperse bajo mis botas, el olor de la carne quemada, de los sueños podridos, de las cartas que nunca llegaron. En mi territorio comanche no se oyen las balas a lo lejos, pero se oyen las respiraciones y los murmullos que amenazan con estallar. Más que apegada a la pared me he apegado al miedo, porque si me despego pudiera terminar herida y acribillada por las balas.

 

Lo curioso es que siempre me arriesgo a llegar al territorio comanche, pese al miedo, no hay nada más maravilloso y excitante que estar en el lugar y en el momento en que sabes que si abandonas la pared corres el riesgo de morirte y ya.

 

En mi territorio comanche, yo siempre bajo del auto y espero a que exploten todos los puentes, porque es mejor librar las guerras que mirarlas de lejos y leer todos libros de todas las historias y nunca ser la protagonista.

 

Por eso, aquí me quedo. Reportando por el momento desde mi territorio comanche, sintiendo todas las miradas sobre mí. Qué excitante saber que están acechando.

 

 

 

Galatea, Salvador Dalí

Corrompiéndose al centro del miedo...

Aún no sé la razón, y no quiero ahondar en ella todavía, pero siempre sucede: nada más encontrar un oasis para cagarme de miedo. Sí, me cago de miedo y lo único que se me ocurre es escapar, huir, hacer mutis por el foro. Así sin más, sin decir hasta luego, muchas gracias, este es mi teléfono, llámame.

 

Esto del miedo ha sido siempre una constante en mi vida. Soy una miedosa, todo me asusta, pero sobre todo le tengo pánico a todo lo que implique quedarme quieta y mostrar un atisbo, solo uno, de vulnerabilidad. Por eso cada vez me convenzo más de que debo hacer sola este viaje, eso.

 

Sobre la estación 'Uruguayo' no voy a decir mucho, solo que el tren llegó mucho más rápido de lo que hubiera imaginado y de lo que hubiera querido. Y que yo me subí al tren con ese gesto mecánico de 'una mujer debe hacer las cosas que una mujer debe hacer'. En fin, habrá nuevos paisajes, nuevas estaciones, ochenta mil nuevas despedidas. Eso sí, he lavado todos los forros de mis almohadas y he puesto al aire las almohadas para no tener recuerdos y facilitarme la escapatoria y ahorrarme las nostalgias.

 

Pero volvamos al miedo. Ese miedo que hace que sea incapaz, absolutamente incapaz, de demostrarle a alguien mi cariño, porque el cariño también es vulnerabilidad. Sí es el miedo, el miedo que hace que detrás de cada sonrisa o cada palabra dulce yo me empeñe en descubrir alguna mala intención. Ese miedo que hace que me sienta orgullosa de esta mujer con sombrero, que poco se arriesga a intentar cosas distintas.

 

El miedo, y no sé si puedo o no decir más, porque me asusta.

 

 

Perro semihundido, Francisco de Goya

Alguien quitó tu olor de mi almohada

Al fin. Después de tantos días respirando el olor que habías dejado. Después de tantos insomnios preguntándome qué hice mal (la típica) para que no siguieras poblando mi almohada con tu cabeza, mi cama con tu cuerpo. Después de esas mil noches, al fin la mil y una llegó con sorpresas, con la princesa viva y el final de todos tus cuentos.

 

Siempre son agradables las sorpresas. Y anoche todo fue sorpresa, sobre todo por dos cosas. La primera, más que sorpresa, fue la revelación, el minuto de lucidez que todos necesitamos. El gran descubrimiento: mueres por las whateverines, las mujeres sin gracia, las sosas, las ni fu ni fa. Y entendí por qué nunca moriste por mí: yo no soy una mujer del montón, solo eso. Sin pena, sin dolor, puedo agradecerte por eso.

 

La segunda sorpresa, la que más agradezco, vino de la mano de un extraño uruguayo que apareció sin más, como aparecen los regalos. Y al fin, al fin, pude dormir de verdad, sin respirar tu olor en mi almohada, sin preguntarme qué será de ti, por qué nunca te quedaste. En fin, no sé por cuánto estará este nuevo olor en mi almohada, no sé cuánto tiempo durará esta escala en mi viaje, pero sé que estoy muy agradecida de poder decirte adiós y continuar el camino.

 

Amantes en gris, Marc Chagall

Bosé, Bosé, Bosé

Voy a copiar una canción de Miguel Bosé a la que jamás, jamás, había puesto atención, pero tiene unas imágenes a lo bestia.

 

COMO UN LOBO

 

Parece que
El miedo ha conquistado
tus ojos negros
profundos y templados
¿Qué va a ser de ti? ¿qué va a ser de ti?

Panteras son
vigilan mi destierro
me he condenado
y en ellos yo me encierro
¿Qué va a ser de mí? ¿qué va a ser de mí?


Miénteme y di que no estoy loco
Miénteme y di que sólo un poco
quién teme ... quién teme di... si yo me
pierdo

Mi corazón
salvaje y estepario
lamo poemas caídos de tus labios
¿Que va a ser de mí? ¿qué va a ser de ti?

Tu pecho es
tan cruel como bendito
tu cuerpo en fin
Babel y laberinto
¿Qué va a ser de mí? ¿qué va a ser de ti?


Miénteme y di que no estoy loco
Miénteme y dí que sólo un poco
Miénteme y di que no estoy loco
Miénteme y di...

Mil años pasarán
y el duende de tu nombre
de luna en luna irá
aullando fuerte woh! woh! woh!

Miénteme y di que no estoy loco
Miénteme y di que sólo un poco

Y como un lobo voy detras de ti
paso a paso tu huella he de seguir
y como un lobo voy detras de ti
paso a paso... paso a paso...

 

De todas las imágenes de esta canción me quedo con una: 'Tu cuerpo, en fin, Babel y laberinto'. A LO BESTIA, A LO BESTIA. Y qué cierta. Parte del viaje es encontrar un cuerpo en el que a la vez te encuentres y te pierdas, la construcción común en muchas lenguas, con muchas lenguas. Babel y laberinto. Confusión ante todo.

Y jugar por jugar...

'Y jugar por jugar, sin tener que morir o matar. Y vivir al revés, que bailar es jugar con los pies'

 

Empiezo con el estribillo de la canción de Sabina. Y continúo diciendo que jugar es otra forma de viajar. Es una forma de viajar cuando no puedes hacerlo físicamente. Yo juego a muchas cosas todos los días: juego a que me despierto y a veces no estoy sola. Juego a que siento un abrazo o el cuchillo de una espalda. Juego a que me despierto y a veces estoy sola. Juego a abrir y cerrar los ojos como quien quiere y no despertarse. Juego a levantarme y a vivir. Juego a buscar la ropa que le voy a poner hoy a esta muñequita. Juego a la hora exacta que tengo para arreglarme y salir a trabajar. Juego a trabajar. Juego a poner y quitar comas, a poner y quitar tildes. Juego a ordenar oraciones y a no leer nunca más el periódico. Juego a soñar que estoy en huelga. Juego a vivir lo que se pueda. A viajar al menos dos veces por hora. Juego a inventarme juegos. En fin, juego.

 

Nunca me gustaron las escondidas, pero de vez en cuando juego también a las escondidas, a veces me convierto en una Houdini pro fuga y desaparezco. Y juego a aparecer y a hacer muecas frente al espejo.

 

Y juego a bailar y a salir y a buscarle las cinco patas a todos los gatos del barrio, y a veces a los perros. Y juego a volver a mí, a volver de mis viajes y bienvenirme. Juego.

Hasta cuando ya cansada me tumbo en la cama y juego a dormir y a despertar luego y encontrar a veces un abrazo y otras veces el cuchillo de una espalda.

Este es mi primer intento

Desde hace algún tiempo tenía la intención de escribir un blog. Hay muchas cosas que quiero decir. Hay muchos sucesos que quiero registrar. Hay mucho que quiero dejar aquí.

 

Empezaré por decir que estoy de viaje. Que todos los días viajo. Que si me quedo quieta es porque habré muerto. Pero gracias a Dios la vida es un viaje y todo el tiempo se tiene la oportunidad de descubrir algo nuevo, de detenerse en un recodo, de conversar con otro viajante o con un alguien más que ha decidido detenerse indefinidamente.

 

Es bueno abrir los ojos y descubrir que no estás en el mismo lugar de ayer, que te has movido y has conocido, que has aprendido y has dado.

En fin, eso es todo por el momento.

Acerca de oliviaconsombrero

Un cuaderno de viaje.

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